Texto de contratapa de la edición argentina - Por Pablo Schanton


Conocí varias de las historias que se leen aquí adentro en una redacción de diario, allá por el turbulento ’01. En nuestros últimos días de periodismo “juvenil”,  Florencia no sólo brillaba por el look –una Anne Hathaway realmente vestida por el Diablo–, sino también por su elocuencia a la hora de rapear las anécdotas de su infancia patagónica. Sólo a ella –que de chica se quedaba mirando azulejos en su escondite en vez de jugar fluidamente a las escondidas– podía ocurrírsele agregar a sus relatos orales la descripción de cómo flameaban las cortinas rojas de los colectivos de pueblo. O enumerar la decó medio pelo que no sublima el machimbre clase media.


Cuando me enteré de que aquellos relatos centrifugados por el albergue transitorio de su padre iban a desembocar en un libro bautizado sin vueltas El telo de papá, no sé por qué imaginé lo que imaginé: que todo lo que me había contado reencarnaba en una canción de Los Auténticos Decadentes, eso sí, con Jorge Serrano reemplazado por Mafalda. Y ahora, tras haber leído su primer libro de precoces memorias, podría ratificar mi primera impresión, pero también, las cortinas rojas, las cocheras con techo de parra, los montículos de pelo y sangre al borde de las rutas, las mesitas de luz quemadas por los puchos y, por supuesto, el machimbre. Pero, sobre todo, disfruté otra vez ese lombrosismo suyo para describir caras: ya sea un “Pollock de pecas”, ya sea un disco de arrugas que de escucharse sonaría a cumbia triste.


Pablo Schanton en los días de periodismo juvenil.

¿Qué es un motel de pueblo sino una máquina sordomuda de chismes que hila el mapa local de infidelidades y dobles vidas? ¿Quién mejor que la hija del dueño para ocuparse de la trama y descubrir lo más miserable tras la excesiva desodorización?


Ahora bien, lo que podría ser un festín desnudo para el paladar más Bukowski aquí se cuenta sin sordidez ni cinismo erótico. No sé cómo hizo, pero Florencia se las arregló para que la sociedad entre la lucidez y la inocencia fuera una secreta fraternidad incestuosa. Aquí hay una niña que se hace la dormida para oír cómo suena el mundo desafinado de los adultos. Prestando (y prestándose a) ese oído y evitando con naturalidad pintoresquismos o sociologías, escribe sobre una clase media provincial en los ‘80/’90, cuya experiencia vital viene enmarcada por la fatalidad de sus consumos (el Renault 12, los cigarrillos 43/70, los Tupper, el Sertal). Una mirada que puede pintar como “dandy enano” a un Menem pre-presidencial de visita en el pueblo y que retrata el fin del Menemismo sin abusar del diagnóstico, como el Miami (99) de Babasónicos.

Mafalda liderando a los Decadentes, sí, pero tras haber decidido que la potencia narrativa consiste en reforzar la candidez.