“No tenía a mano una realidad más fabulosa que la historia del telo”

NOTA EN LA SECCIÓN CULTURA DE CLARÍN

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Por Julieta Roffo


“Ñanco se pasó la vida teniendo grandes revelaciones comerciales que se discutían en la mesa durante la cena (…) Cada idea se presentaba como una epifanía. Se las contaba a su familia y a sus amigos como, esta vez sí, el salvoconducto a la riqueza”. Ñanco es el padre de Florencia Werchowsky, periodista, creativa publicitaria y, ahora que lanzó su primera novela, escritora de ficción. Hubo una vez en que la salvación fue abrir un hotel alojamiento. El primero –y entonces, el único– a lo largo de una ruta patagónica fría y semidesierta.


Las historias que fecundaron entre esas paredes germinaron en anécdotas para Werchowsky, que las narró en una, dos, cientas de reuniones sociales. No importaba si era el cumpleaños de un sobrinito o la recibida de una amiga: el “telo” nunca dejó de ser tema de conversación. Los amigos y la familia le insistieron, sobrios, ebrios, con paciencia, con palmadas alentadoras en la espalda: “Hacé algo con todo eso”. Así que hizo. Cuando descartó rodar una película, su historia se convirtió en El telo de papá, la novela que lanzó Random House Mondadori.


Alrededor del Cu-Cú –el “telo” rutero– la autora reconstruye la historia de su familia, ensamblada con los tuyos, los míos y los nuestros. Cuenta cómo la llegada de un albergue transitorio revolucionó no a una, sino a varias localidades; no sólo su moral, sino también su tránsito y sus horarios, el contenido de los rumores, las fuentes de trabajo. Da cuenta de varias de las epifanías comerciales que se le revelaron a Ñanco, y de los años de menemismo, en los que esa familia patagónica y justicialista creyó en la revolución productiva que el caudillo riojano prometió pero que nunca cumplió, y que cambió por privatizaciones, leyes federales de Educación, indultos y flexibilización laboral.


Esos años noventa son parte de la narración de Werchowsky, que en aquel entonces se maravillaba con su primer walkman, pero que a la hora de reconstruir la época no duda en denunciar la nula competitividad de la convertibilidad.

“La historia del telo estaba bastante cantada; la tenía tan presente que se presentó como tema muy naturalmente, se impuso. No tenía a mano una historia más fabulosa que esa realidad”, explica la autora, y agrega que para ponerse a jugar a la ficción después de años de narrar la realidad “iba a estar cómoda escribiendo sobre algo ya conocido”.


La trama tiene dos recursos a su favor. El primero, anunciado desde el nombre de una tapa que el artista Jorge Alderete ilustró magistralmente, es, justamente, el hotel alojamiento. Saber qué pasó allí, con la familia que lo fundó, con los huéspedes que lo usaron, con las mucamas que lo limpiaron, funciona como atractivo. Werchowsky lo sabe, por eso no duda en insistir en que ninguna otra historia cercana superaba a ese escenario.


El segundo es esa idea de que “en pueblo chico, infierno grande”. Werchowsky dejó esa localidad ventosa de la Patagonia cuando tenía 12 años: “Me manejé con cierta impunidad por eso”, explica, aunque en su libro predomine la ficción y, asegura, las historias que realmente transcurrieron en el hotel alojamiento pasaron por una especie de “cirugía plástica” antes de convertirse en capítulos de su libro. “Los rumores, los comentarios, estaban y siguen estando porque son parte de la cultura pueblerina. Hay chismes a la hora del mate, se los cuentan las doñas en las veredas, y eso me incomodaba cuando mi papá y toda nuestra familia éramos tema de conversación por el negocio que habíamos montado”. Ese contexto en el que todos saben pero se hacen los que no saben, describe la autora, la ayudó “muy estructuralmente” a escribir una novela que sin esa ambientación, sostiene, probablemente no habría existido.

Se adivina en el libro: no fue fácil ser la hija del dueño del telo. Pero Werchoswky sobrevivió y convirtió un anecdotario privado y probado ante diferentes auditorios en un libro. “Yo no hice terapia nunca y escribir esta novela fue lo más parecido a pasar por un tratamiento”, resume. Había que hacer algo con ese recreo en el que un compañerito, a los 8 años, le arruinó el rato de juego gritándole “puta” por ser la hija de ese papá.


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