El telo de papá - Novela

Tapa.jpg

¿Hay que entender la épica asambleística de los sectores medios, que fue por cierto languideciendo a medida que prosperaron las propuestas de los bancos a los ahorristas, sin haber producido consecuencias literarias muy notorias? ¿Hay que entender la tonta consigna de “Que se vayan todos”, que resultó tan estéril para la política argentina como para las letras argentinas? ¿O hay que entender la irrupción explosiva de los pobres y su malestar, que fue irrupción y fue explosiva tan sólo para quienes desatendieron el largo ciclo de sus penosos padecimientos y dieron en suponer, por ejemplo, que las desdichas del cartonerismo urbano eran pura novedad: una especie de curiosidad flamante? (la gran novela de la crisis de 2001 la escribió, en este sentido, César Aira: es La guerra de los gimnasios, y se publicó en 1993. Ahí constan la miseria de los cartoneros, por una parte, y los dispositivos de la distracción generalizada, por la otra; todo eso sin realismos ni sociologismos, por supuesto. La villa podría, llegado el caso, agregarse: es de julio de 2001).
 

Florencia Werchowsky viene a señalar, en cambio, que es el menemismo, y no su desenlace, la clave de la comprensión de una formación y una idiosincrasia generacional; pero viene a señalar, además, que el preludio del menemismo es a la vez la clave de comprensión del menemismo: quién fue o qué fue Carlos Menem justo antes de dar comienzo el menemismo, de qué clase de prejuicios o ilusiones era emblema y portador. Nada de eso ocupa un lugar central en El telo de papá; no es su tema ni es su historia, no es tampoco el contexto de las cosas que en ella se cuentan. Pero consta en la novela a modo de bloque político, sin que por eso se abandone la perspectiva de narración de infancia y la impronta de evocación familiar que dominan la novela entera. Porque el asunto del libro es ése: la niña pueblerina cuyo padre inaugura y regentea el hotel alojamiento del lugar, de tal forma que esa figura, la paterna, la que por definición sostiene el lugar de la ley, resulta a la vez el administrador del sitio destinado a la transgresión y a la trampa, y de tal forma que ese palacio kitsch de la transitoriedad que es todo telo, deviene ámbito cotidiano, parte de una rutina laboral, variante heterodoxa de lo que para otros es una oficina (y para una niña, la oficina del papá) o un negocio más convencional (y para una niña, el negocio del papá).


Las cuestiones políticas tienen su anclaje siempre en ese mundo, ya sea en el drama familiar desencadenado por la hija que, enamorada de un militante de izquierda, opta por el desclasamiento y parte a vivir una vida vocacionalmente humilde a la que ninguno de sus padres logrará habituarse, o ya sea en el carácter épico que asume cualquier forma de participación política, toda vez que está prohibida por la dictadura militar (hay que decir que ese carácter épico se le asigna al padre, que en muchos tramos es visto como un padre-héroe, bajo un criterio que la madre no comparte para nada. Algo similar ocurre con la apertura del telo, que desde la óptica del padre (y de su hija) es una “apuesta épica”, una idea “heroica”, y para la madre no es más que una indecencia vergonzante).


No obstante, hay un giro evidente en El telo de papá con el relato de la visita al pueblo de Carlos Menem. Esos hechos, como todos, transcurren en la novela encuadrados en la óptica de la nena que alguna vez fue la narradora, y asignando al padre la función de ser el parámetro de todas las cosas. La nena se politiza: será la encargada de dar la bienvenida a Menem. Por eso se ve definida como “una militante en la salita de cuatro”, primero, y como “una embajadora del PJ”, después; Carlos Menem, al recibir de sus manos el ramo de flores con que se lo festeja, la alza en brazos y la llama “compañerita”. Lo sabemos por los manuales escolares imperantes en el primer gobierno de Perón, lo sabemos por la existencia de la República de los Niños en las afueras de la ciudad de La Plata: el peronismo cuenta con la posibilidad de una traducción casi integral al lenguaje de la infancia. Florencia Werchowsky se vale de ese recurso, poniendo en escala de infancia (entre los diminutivos y la entonación de las fábulas) la significación que la condición peronista asume en El telo de papá.


La militante de jardín de infantes, la compañerita del comité de recepción de Menem, puede establecer así una perfecta discriminación entre los usos y costumbres de los niños de padres peronistas (con marcas de lo popular) y los usos y costumbres de los niños de padres radicales (con marcas de la clase media). Con la llegada al pueblo de Menem, todo eso va a activarse y a concretarse en una jornada imborrable. Son los años que preceden a la elección que lo consagrará como presidente; el Menem que llega al pueblo, el de El telo de papá, es el pintoresco gobernador de La Rioja, expresión de hecho de una posible alternativa para el futuro de la política argentina.

 

Pero la visita de Menem va a ser calibrada en la novela a partir del padre de la narradora, cuya identidad política y cuyo prestigio se verán a su vez confirmados o desmentidos por lo que pase con Carlos Menem. Y eso por un aspecto que no remite al futuro, sino al pasado, y en ese pasado, a la valorada condición de quienes fueron víctimas de la dictadura militar. Porque Carlos Menem y el padre compartieron las penas de la prisión en esos años: eso es lo que el padre una y otra vez ha venido contando a quien lo quisiera escuchar. Carlos Menem, ¿lo recordará? ¿Lo reconocerá? ¿Ratificará ese anecdotario tan transitado? Sí, lo hace. Cuando Menem llega, lo abraza, lo saluda por su apodo, le muestra su afecto; el papá de El telo de papá es entonces más héroe que nunca. Lo es, fundamentalmente, a los ojos de su hija. Y lo es, decididamente, por irradiación de Carlos Menem. Porque Menem no aparece en la novela sino para derrochar carisma y entusiasmo. No es el Menem que será, el de la doble presidencia, sino el previo, el que lo hizo posible (sin por eso hacerlo prever). Werchowsky lo retrata en clave de oxímoron: dice de Menem que es “un dandy enano”, que es “peroncho y canchero a la vez”. Esta clase de conciliación de opuestos, esta jovial conjunción de lo que en principio no puede combinarse, es el factor de encantamiento de Menem. Ha llegado desde La Rioja, lo cual de por sí resulta pueblerino y provinciano aun para los pueblerinos provincianos que aquí lo esperan; pero lo hace en su propia avioneta, avioneta que ha piloteado él mismo. Es eso lo que tiene de dandy, aunque baje y resulte un enano; es eso lo que lo hace canchero, aunque consiga ser canchero sin dejar de ser peroncho.
 

La nena se fascina, y es eso lo que la fascina. El punto exacto en el que el plebeyismo del peroncho (ya existente) empieza a impregnarse de cierta ilusión del glamour del dandy (el que vendrá). El grado culminante de ese deslumbramiento en El telo de papá asume un carácter táctil: Menem está arriba, en el escenario que le prepararon, y la narradora, nena anfitriona, compañerita, está parada muy cerca de él. Entonces se arrima y lo toca, se arrima y toca sus pantalones. Y comprueba que son pantalones de cuero (“Nunca había visto a nadie con pantalones de cuero”). Esos pantalones de cuero, tocar esos pantalones de cuero, expresan, como condensación material, el tipo de embelesamiento que, previo al menemismo, habrá de desembocar en el menemismo. Werchowsky destaca ese momento de encantamiento infantil. Ni una épica de luchas sociales, a la francesa, ni una tragedia de sufrimiento general, a la rusa, como retrato de un final de época; sino una escena de comedia ligera, con tintes de picaresca, como versión de un prólogo, de una víspera de época.
 

Luego Menem será presidente y el padre de la narradora, ni más ni menos que tantos, se decepcionará fuertemente con él. Lo consabido: la traición neoliberal a la historia del peronismo, la defraudación ideológica, etc., etc., etc. Aquel pasado compartido, padecido pero motivo de orgullo, se suprime por decreto paterno: no se habla más de eso. El encanto de los pantalones de cuero, la medida de la fascinación de la hija que ya ha dejado de ser una nena, va a quedar ahora en suspenso. Porque, a diferencia de lo que apuntaba la indignada desilusión del padre, para ella hay un desengaño cuyo engaño, el que le daría sentido, no alcanza a distinguirse. Los pantalones de cuero para ella fueron una verdad no sujeta a desmentidas, verdad sin reversiones ulteriores. Verdad sensorial, o más bien sensual, antes que doctrinaria o programática, no la afectan de un mismo modo la deslealtad o la traición de los principios.
 

El telo de papá ve pasar a Menem, y lo ve irse, en esa misma avioneta que lo trajo, siempre a su mando. Pero luego va a contar, entre otras, la historia del negocio que abre en el pueblo la madre de la narradora, con su directa ayuda. Un negocio de chucherías adquiridas al por mayor en Buenos Aires, pero que en las vitrinas del local del pueblo adquieren el brillo refulgente de los consumos del mundo más sofisticado. De hecho el negocio se llama “Internacional”, y se lo siente así desde la plena periferia patagónica (pero no a pesar de esa periferia, sino más bien por medio de ella). ¿Qué otra cosa, sino el tenor medular del menemismo, expresa esa especie de cosmopolitismo provinciano que exhibe “Internacional”? Werchowsky lo inscribe en su narración, como derivación (o como emanación) de lo que fue el suceso del dandy enano. Cosmopolitismo y provincianismo, ya no como opuestos, sino completamente imbricados.
 

El declive de ese negocio emprendido por madre e hija resulta tan significativo como su aparición y como su apogeo. De manera paulatina, pero inexorable, va dejando de ser un sitio de aparente chic, para devenir lo que en el fondo siempre fue: un “Todo por dos pesos”, el colmo de la vulgaridad. Y eso con la misma mercadería de siempre, comprada siempre en los sucuchos del barrio del Once. En rigor no se trata tanto de una declinación, de una cosa que pasa a ser otra, sino de una revelación: el descubrimiento de que, lo que parecía una cosa, en verdad era otra, y nunca había dejado de serlo. La Argentina como un “Todo por dos pesos” que se quiso “Internacional”: síntesis del menemismo en versión de Florencia Werchowsky.
 

Pero además del negocio de la madre, que empieza y termina, está el negocio del padre, que atraviesa toda la novela y de hecho le da su título. El telo es otro emblema de época: lugar de la trampa y de las dobles vidas. Claro que esa trampa se potencia en ley, como quedó dicho, dado que es el padre quien la pone a funcionar. Con lo cual necesariamente cambia el sentido del refrán que reza “Hecha la ley, hecha la trampa”; pues la ley (en el telo, en el menemismo) es la trampa, y no aquello a lo que la trampa replica. Y si bien las dobles vidas, en el sigiloso apartamiento del telo, se llevan por definición de manera solapada y se ven siempre protegidas por el pacto de discreción que rige en ese lugar, también hay que decir que en El telo de papá ese aspecto adquiere un estatuto de validez más general y, si se quiere, hasta de regla: toda vida es doble vida. Esa verdad, que el telo encarna, vale para la caracterización de un país, vale para la caracterización de una época. Doble vida, sí, como en el telo, aunque es más difícil dirimir, fuera de ahí, cuál de las dos vidas viene a ser la vida asumida y cuál de las dos vidas viene a ser la vida oculta, cuál es la legítima y cuál es la ilegítima.
 

Es bajo una determinación semejante que llega a formarse una estructura de sentimiento, y no sólo de sentimiento.

PANTALONES DE CUERO por Martín Kohan
 

Ahí donde autores de su misma generación suelen señalar la crisis de diciembre de 2001 como la marca que los define (que los define como generación, precisamente, y que define su literatura), Florencia Werchowsky parece introducir, con El telo de papá, una apreciable diferencia: la marca definitoria la inscribe en el menemismo. Acaso se trate de algo más que de una diferencia, acaso se trate incluso de una inversión. Porque, ¿qué otra cosa supuso la crisis de diciembre de 2001, sino el final, por desmoronamiento, del menemismo, entendiendo por menemismo ante todo su fundamento económico, esto es la convertibilidad de un peso y un dólar, y de ahí su derivación ideológica, el sueño utópico del primermundismo argentino?

La voluntad de conceder a la crisis de 2001 un carácter de determinación generacional, amén de sostenerse en expresiones literarias llamativamente escasas y de no demasiada contundencia, resulta (o, por lo menos, me resulta) algo imprecisa en su formulación. ¿Qué es lo que hay que entender exactamente por la crisis de 2001, cuando se la invoca como marca? ¿Hay que entender la conjunción de los piquetes y las cacerolas como sumatoria lograda de luchas sociales de esa hora, conjunción efímera por cierto, y sin consecuencias literarias apreciables?

Ilustración de portada de Jorge Alderete