Entrevista en la revista El Guardián

“Escribo memorias distorsionadas”

Por Daniela Pasik


Foto Nacho Sánchez

Es la autora de El telo de papá, una especie de autobiografía novelada donde la joven escritora cuenta la historia del hotel alojamiento que poseía su padre. Una excelente excusa para rescatar el recuerdo de la Patagonia de los 80 y 90.


Escribir sobre lo que se escribe puede parecer moderno, pero en realidad existe desde siempre. Es una estrategia que puede rastrearse hasta los sofistas griegos y está presente en las artes plásticas ya en el célebre Las Meninas de Velásquez, en donde el artista pinta un cuadro en el que está pintándose a sí mismo.


Toda obra literaria es autorreferencial, se hable de lo que se hable. Siempre hay una subjetividad del autor que hace que ese mundo que se narra sea el propio. Los personajes principales, a lo largo de la obra de Stephen King, por ejemplo, son en la medida de la evolución de su éxito profesores de literatura en universidades, escritores en ciernes y autores de best sellers. Más directo aún es Douglas Coupland, quien en su novela jPOD de 2006 no sólo se cita a sí mismo como parte de las referencias culturales con las que bombardea su trama sino que además, directa y ácidamente, aparece en escena como un deus ex machina para sus protagonistas. Es él mismo como personaje el que les dice para dónde ir desde dentro de una limosina.


En medio de todo eso, el género autobiográfico, por un lado, y la construcción del sujeto autorreferencial, por otro, vienen haciendo su camino, certero y recto, a través del tiempo. Entonces, desde muchos lugares, hablar de uno mismo sigue siendo original y no es cosa de inexpertos, aunque suela decirse que en una primera obra siempre “se cae en la autorreferencia” como algo negativo.


Florencia Werchowsky es la hija del dueño del telo de un pueblo en Neuquén y escribe sobre eso porque es lo que estuvo contando, a propósito y sin querer, social y literariamente, desde siempre. Así que su primera novela no sólo cae en la autorreferencia sino que también se zambulle explícita y felizmente en ella.


El telo de papá (Reservoir Books) es la historia de una Florencia que convirtió la memoria en literatura. La autora camina por la bisagra entre la realidad y la ficción, ya no se sabe dónde terminan los recuerdos y en qué punto comienza la fantasía pero ahí están las fotos familiares, los nombres y sobre todo el motel Cu-Cú, con guión y tilde, oculto tras una arboleda en la ruta desde principios de los 80.


Eso es real. Y muchas de las anécdoras contadas en la novela también. Pero no importa el juego de descubrir la mentira-verdad, qué pasó y qué no, porque hay una historia que va más allá del morbo y el lector quiere saber qué pasa, cómo sigue el devenir de esa familia patagónica tan particular.


La mirada es inocente y afilada, como la de una niña que es hija del dueño del telo del pueblo. Y desde ahí, Werchowsky narra.


El periodista Pablo Schanton describe a la autora en la contratapa del libro como a una Mafalda que podría reemplazar a Jorge Serrano en el rol de letrista de Los Auténticos Decadentes y también dice: “Florencia se las arregló para que la sociedad entre la lucidez y la inocencia fuera una secreta fraternidad incestuosa. Ahí hay una niña que se hace la dormida para oír cómo suena el mundo desafinado de los adultos. Prestando y prestándose a ese oído y evitando con naturalidad pintoresquismos o sociologías, escribe sobre una clase media provincial en los 80 y 90”.


La construcción de un hotel alojamiento en la Patagonia es la excusa para mover un texto que podría ser de memorias, pero es bastante más que sólo eso. “La autobiografía a los treintaypico es realmente una caradurez, ¿no?”, pregunta entre risas la ahora novel autora, también creativa publicitaria residente en México, antes periodista, antes bailarina y antes, hija del dueño del telo del pueblo.


“Es una autobiografía en un punto, sólo porque era una parte muy innegable en mí, muy evidente, que tenía que escribir. Desde siempre me pasó que la sola mención de que mi papá tuviera un telo me generaba público. Pero las historias sueltas, sin explicar el contexto y sobre todo sin aportar la mirada más personal, no me terminaban de cuadrar como proyecto. Así que uní un poco las dos cosas. Cuando empecé a explorar eso me sentí más cómoda y fue cuando pude ponerme más mentirosa. Terminé siendo más fiel con las historias de los demás que con la propia.”


Historias paternas


–¿En qué momento te diste cuenta de que ese material que te servía para charlar en la vida social podría ser narrativa?


–Siempre quise escribir una novela. Desde chiquita escribo cuentos, que le mostraba a mi mamá, y eran siempre sobre familias que vivían situaciones excepcionales y a la nena de la casa no le decían nada. Por ejemplo el padre era agente de la CIA y volaba en una nave espacial pero la hija no sabía. Así que de alguna manera siempre estuve escribiendo sobre mí, sobre mi padre y sobre su telo… Así que no sé si hubo un momento en el que dije ahora voy a escribir sobre esto. Sí sé que cuando decidí sentarme a escribir iba a ser sobre esto. No podría haber sido otra cosa. No tuve que salir a buscar un tema, ya estaba ahí.


–¿Trabajaste como si hicieras una investigación, con entrevistas a tus padres?


–Fui al sur varias veces a entrevistar a mis papás. Los grababa y les preguntaba cosas, pero nunca salió del todo bien. Es muy difícil hacerse la periodista con los padres. Además ellos no se ponían de acuerdo con las fechas y empezaban a discutir, después se enojaban conmigo porque yo les hacía acordarse de cosas del pasado que no querían recordar. Así que no funcionó del todo. Después hubo otra parte en la que investigué la Patagonia en los 70, 80 y 90 porque necesitaba sentirme cómoda a la hora de ponerme a inventar hechos en un contexto más verosímil.


–¿Entonces por qué pusiste fotos reales de tu familia y el personaje narrador tiene tu nombre?


–No había pensado en poner fotos, fue una idea del editor, que es Marcelo Panozzo, y me pareció divino porque en mi casa hay un archivo genial de esa época. Igual puse las que son aptas para todo público. No es que haya pornografía ni nada, pero hay otras fotos que son muy jugadas.


–¿Entonces, cuál sería el género? ¿Memorias distorsionadas?


–Sí, memorias distorsionadas me gusta, es como una banda punk. Me encanta. Ese es el género (risas).


–¿Qué leías, escuchabas y veías mientras escribías?


–Para distintos momentos busqué distintas cosas. Para la parte más de niña y las descripciones personales leí a Felisberto Hernández, porque me gusta mucho su visión y tiene varios cuentos escritos con una perspectiva infantil. Fogwill también me ayudó mucho, pero él era agresivo, un guerrero con el teclado, y yo me siento más inocente. Igual, leerlo me sirvió para soltarme, para animarme. Y también en un momento me puse muy fan de John Steinbeck y le robé varias cosas (risas).


–Las tomaste prestadas.


–Me inspiré en. Y las películas son un soporte fundamental, también.


–¿No buscaste en el género memorias, autobiografía, diarios?


–No, no me gusta mucho en especial.


–Pero lo estabas tratando de transitar, desde un lugar lateral…


–Es que no me copa. De hecho, en las películas, cuando se ponen a relatar voz en off me hincha.


–¿Leíste a otros escritores más de tu generación que hayan transitado géneros similares?


–¡Ah! Sí, sí. Una idea genial, de Inés Acevedo, y En la pausa, de Diego Meret. Son dos libros divinos que transitan un poco el mismo camino hacia la autobiografía. Lo que me pasa es que al estar en México no tengo contacto con el mundo de acá y vivo una vida solitaria, de departamento. No estoy en lo que podría decirse “la escena” y no tengo a nadie muy presente. Marina Mariasch, que me ayudó mucho al inicio del armado de esta novela, me recomendó a esos autores. Yo no tengo entrenamiento en talleres literarios, no transité esa experiencia y de algún modo a veces siento que no tengo equipo para hacer scrum ante la vida. Así que me encanta que nos una, de alguna manera, algo generacional. Y si hay algo de género o estilo que nos junta me alegra más aún porque eso hace que me sienta menos sola.


Conociendo a Florencia


“Varios meses atrás conozco a Florencia Werchowsky (…). Conversando me cuenta que, recién llegada a México, está terminando de escribir su primera novela (…), la historia del motel Cu-Cú. (…) Conozco un motel con ese nombre… muy lejos de acá, casi en otro planeta. Por supuesto, resultó ser el mismo y caemos en la cuenta de que tenemos un pasado en común. (…) Así que fue inevitable no hacer esta portada, estaba en el destino.”


De este modo cuenta la historia Jorge Alderete, el responsable de la súper original ilustración de tapa.


“Vive en México hace muchos años y es, allá, una celebridad de la ilustración. Tiene su propia galería y la gente se saca fotos con él por la calle. Pero además de ser muy famoso es increíblemente talentoso y hace unas cosas fantásticas. Es medio como ganarse la lotería que Alderete te haga una tapa”, cuenta Werchowsky.


–¿Y la chica de la ilustración sos vos?


–Soy re yo, ¿no? Me hizo quedar muy bien. Es una versión mía muy sexy comic… Se lo re agradezco eso. ¡Me hace ser algo así como la Paris Hilton de la Patagonia! (risas).


–¿Cómo es tu relación con los telos?


–Nula. No soy concurrente de telos. Fui re pocas veces en mi vida.


–De alguna manera es tu herencia, ese es el negocio familiar de los Werchowsky…


–La verdad es que el hotel no fue un negocio que despertase algún tipo de interés en mí o en mis hermanos, lamentablemente. Es bravo, eh. No es un trabajo en el que uno se pueda sentir satisfecho. Es arduo.


–Según el libro, tu padre sí encontró en este negocio su liberación.


–Ah, pero mi papá… Ay, tendrías que conocerlo en serio para entender. Es como un caudillo loco. Eso sí es de verdad.