La danza de la realidad


Por Mercedes Halfon - 27 de mayo de 2018 - Página 12


Antes de ser periodista y escritora, Florencia Werchowsky fue bailarina clásica: compartió escenario con Julio Bocca, Eleonora Cassano, Marianela Núñez, Herman Cornejo, entre otros, e integró la primera compañía de Maximiliano Guerra. Cuando colgó las zapatillas de punta y se dedicó a escribir, tardó en contar su experiencia sobre el escenario hasta que publicó Las bailarinas no hablan el año pasado. Y ahora ella misma adaptó para la escena su novela en una obra experimental, con elementos de ópera, danza y música contemporánea, que se puede ver en el Centro de Experimentación del Teatro Colón con bailarines del Ballet Estable del Teatro y alumnos de su escuela de danza.


Es sabido: el ballet clásico es la más rígida y codificada de las danzas. Su entrenamiento es tan riguroso que se aconseja comenzar a realizarlo en la más tierna infancia o desistir. Cuanto más interiorizada se tenga la técnica mayor naturalidad logrará al ejecutarse sobre el escenario. Pero ¿hay algo como una naturalidad en la danza académica? Por supuesto que no. Lo que hay son modos de que esa técnica se vuelva transparente: que los cuerpos aparenten elevarse sin esfuerzo, que el cuello se afine como el de un cisne, que las piernas, como compases de geometría, giren decenas de veces a la perfección. Esa fantasmagoría ejerce el ballet desde hace siglos a quienes lo miran, un encantamiento que –¿para qué negarlo?– siempre funciona. ¿A quién no deja embobado el espléndido vigor de los bailarines rusos saltando más allá de lo posible, o los conjuntos de bailarinas blancas y rosadas deslizándose por el escenario con sus pasos puntiagudos y delicados, almas tenues como una nube, a punto de extinguirse por una irrefrenable tragedia o abrasadora pasión?


Al mismo tiempo, hay otro encantamiento igual de poderoso: el de ver lo que ocurre en bambalinas, cuando se tensa el rodete y las gotas de sudor caen mientras los pies entran en calor. Hay hermosas pinturas de Edgar Degas que dan prueba de ello. Además de muchas películas que también muestran el revés de esa trama, la dureza del entrenamiento y la competitividad que genera entre sus partícipes. Una suerte de camino del héroe/heroína muy utilizado por el cine: basta pensar en la clásica ochentosa Flashdance, o El cisne negro, inclusive Billy Elliot como un caso masculino, o hasta el reciente filme de animación Ballerina.


Algo de todo eso es lo que Florencia Werchowsky registró en su libro Las bailarinas no hablan, una autoficción sobre una suerte de “sueño de la piba” con elementos de retrato social, donde se narraba una experiencia contundente de su infancia y adolescencia. Florencia es escritora, tiene un pasado como periodista y creativa publicitaria, pero lo que pocos sabían es que antes de todo eso fue bailarina clásica. Se formo? como en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, y en los estudios privados de Wasil Tupin y Raúl Candal, entre 1991 y 1996. Compartió escenario con los máximos bailarines argentinos: Julio Bocca, Maximiliano Guerra, Eleonora Cassano, Marianela Nuñez, Herman Cornejo, entre otros grandes como Maya Plisetskaya, en piezas como Don Quijote, Cascanueces, Giselle, La doncella de nieve (con el ISA) e integró la primera compañía de Maximiliano Guerra. Llegado un momento cambió los escenarios por las palabras. En 2013 publicó El telo de papá, con una recepción notable. El año pasado decidió contar su pasado con las puntas en la novela Las bailarinas no hablan.


Y fue la misma Werchowsky la encargada de realizar la adaptación escénica de su novela, una obra experimental, con elementos de ópera, danza y música contemporánea, que se puede ver esta semana en el Centro de Experimentación del Teatro Colón. Porque las bailarinas no hablarán pero sí escriben y dirigen, y en esta pieza revelan un entramado singular. No solo lo que ocurre tras la escena del exigido ballet, sino también lo que pasa en la misma escena pero de modo invisible, mental, sensible, todo lo que hay adentro de una bailarina clásica en formación. El elenco está integrado por un grupo variopinto en edades y caracteres, pero todos ellos bailarines del Ballet Estable del Teatro Colón y alumnos de su escuela de danza (el Instituto Superior de Arte). Las escenas se sucederán y no solo sus cuerpos se lucirán, sino también sus voces.


La obra comienza con tres pantallas que muestran el rostro de una inconfundible maestra de danza dando sus instrucciones en francés. El ceño se frunce, la voz se crispa para gritar alguna corrección y luego vuelve a endulzar sus gestos, para seguir con la clase. Los bailarines y bailarinas irán entrando en el escenario con ropa de ensayo: polleritas de algodón, polainas tejidas, jogging. Todos ellos recitan partes de la novela, en medio de movimientos cotidianos, no-embellecidos. La obra no es de ninguna manera una demostración de habilidades dancísticas, sino todo lo previo y todo lo posterior. El lugar que la danza ocupa en sus vidas, en sus cuerpos, en sus voces, la manera que esa doctrina es abrazada por personas diferentes. Un ensayo sobre la barra, la hechura de un rodete impecable, el momento de cambiarse y conversar en los vestuarios, el modo que una bailarina marca a otras más jóvenes una serie de pasos, y de paso, les transmite su propia obsesión.


Hay algo muy hermoso en oír a estos bailarines susurrar, cantar, recitar eso que seguramente repiten para dentro con cada paso. Los bailarines cantan la lengua que bailan y cuentan la vida que viven. La composición vocal y la musical –realizadas por Bárbara Togander y Diego Voloschin respectivamente– se funden con la actoral y coreográfica en una sola pieza. Volviendo opaca la técnica del ballet aparece una nueva vida para la danza clásica y quienes la practican. Lo que aparece es eso que, de una forma extraña impensada y nueva, sí es una lengua natural.