Teatro de danza

Acerca de Dos bailarines desnudos / Revista Loïe Por Érica Beltramino


Dos bailarines desnudos, dirigida por Florencia Werchowsky. Intérpretes: Luciana Barrirero, David Gómez. Dramaturgia: Alejandro Quesada, Florencia Werchowsky. Coreografía: Luciana Barrirero, David Gómez, Asistencia artística y voz en off: Alejandro Quesada. Vestuario: Victoria Nana. Asistencia de producción y making off: Lucila Bernabey Centro Cultural 25 de Mayo, Triunvirato 4444, CABA, Argentina. Función: 03/03/2021





Con un método de trabajo particular, en el que tanto el proceso creativo como los cuerpos que actúan quedan doblemente desnudos, Florencia Werchowscky presentó en el Festival Internacional de Buenos Aires 2021 (FIBA) su obra más reciente: Dos bailarines desnudos.


La nueva propuesta es un Biodrama de danza que trata temáticas relacionadas con el mundo del ballet. En esta oportunidad, nos propone explorar la vida de Luciana Barrirero y de David Gómez, dos bailarinxs del Teatro Colón que se creen capaces de realizar milagros sobre el escenario. Esta autopercepción, que derivaría de sus cualidades personales, son las condiciones que cualquier bailarínx desearía tener: gracia, ritmo y plasticidad. Pero sus privilegios elitistas no lxs protegen de sus fantasmas. Viven inquietxs por la sola idea de cometer algún error durante una performance, acechadxs por la falla o el deterioro físico inevitable y perseguidxs por lo fortuito como contraposición de todo lo que representa la danza clásica: técnica, reglas, control total y absoluto del cuerpo.


El encuentro se realizó en el Centro Cultural 25 de Mayo, un teatro de antaño ubicado en el corazón de Villa Urquiza. La curiosa «Sala Redonda» del primer piso fue la elegida. Este espacio posee un conjunto de columnas con arcos de estilo clásico que demarcan los límites del escenario central, a la vez que sostienen la mágica cúpula que se alza en la médula del salón. La puesta en escena propuso un juego entre lo antiguo y lo moderno al alternar la estructura tradicional con lo tecnológico. Así, se pudo apreciar cómo un proyector plasmaba imágenes interactivas y videos sobre la superficie de la cúpula. También, cómo un piano negro de cola, con el cual David tocaba algunas melodías de compositores de otro siglo, se complementaba con música electrónica. Un ambiente dispuesto en 360° para que el accionar de lxs protagonistxs se desarrolle, y para que la concurrencia pueda apreciar la obra en todas sus formas y puntos de vista.


Dos bailarines desnudos transita los bordes entre el documental y la ficción, la danza y la performance, lo espontáneo y lo representacional, con una gran carga narrativa, que no solo se expresa a través de los movimientos de la pareja de artistas, sino a través de sus propias voces. Un recurso expresivo que la escritora ya había utilizado en su novela Las bailarinas no hablan (2017), y que mantuvo en su posterior adaptación escénica. En esta obra, estrenada en el Centro Experimental del Teatro Colón en el año 2018 y repuesta en el FIBA 2020, un grupo de bailarinxs desafiaba las reglas de su formación académica y ponía en práctica por primera vez lo que el repertorio canónico le había prohibido: usar la voz en escena. Del mismo modo, en esta nueva propuesta, los secretos cotidianos de la danza atraviesan el telón por medio de los testimonios de Luciana y David. La pareja desnuda su alma frente a un público para revelar las vicisitudes por las que debe pasar todo bailarínx si desea alcanzar el éxito en un ambiente plagado de reglas y costumbres de las que poco se habla.


En ese proceso de despojo, lxs dos artistas enfrentan sus demonios. En colaboración, hay un tercer personaje que es invisible ante los ojos del espectadxr. Es una voz en off masculina que incita a que estos especímenes de la danza cuenten sus verdades, los interroga y los estimula a revelarse en escena. Tal vez se lo pueda interpretar como esa conciencia que todxs tenemos y que no nos deja mentir; o tal vez se trate del “alter ego” de la directora. Como ex bailarina y parte de ese universo, Werchowsky sabe cómo se sienten estxs virtuosxs y lo que han tenido que padecer, razón que le permitiría adelantarse a sus reacciones y a sus recurrentes mentiras, poniéndolxs en evidencia en más de una ocasión.


Lxs bailarinxs usan su voz en escena para tratar todo tipo de problemáticas relacionadas con la danza clásica, como el tema de la sexualidad, los desórdenes alimenticios y las lesiones físicas constantes que dejan huellas permanentes e irreversibles en los cuerpos. En el devenir, Luciana confiesa que sus huesos son los de una persona anciana; también enumera las veces que se descolocó el hombro, y antes de eso, cuenta sus esguinces de tobillo y sus episodios de arritmias. Por su lado, David relata los problemas de peso que padeció durante su infancia, sus relaciones parentales y cuenta sobre su elección sexual.


Pero también, Dos bailarines desnudos pone bajo el foco una idiosincrasia y una creencia que se ha fomentado a través de los tiempos, esa concepción que se tiene del ballet como trascendental del ser humano. Lo que de alguna manera se estaría denunciando es la perspectiva evolucionista, que propone un paralelismo entre “la selección natural” y/o “supervivencia del más apto” con la idea de que solo un grupo privilegiado cuenta con las aptitudes y la genética para la daza. La flexibilidad y los empeines perfectos, por ejemplo, serían condiciones genéticas indispensables para poder convertirse en bailarinxs de excelencia y sobrevivir en ese mundo. A esta teoría se le sumarían condiciones de voluntad propia de cada sujeto, ya que no se alcanzaría el objetivo sin el trabajo y sacrificio requeridos. Y aquí es donde la propia obra explicita el interrogante que funciona como su hilo conductor: ¿Luciana y David dominan sus cuerpos o sus cuerpos los dominan a ellos?


La conclusión la deberá sacar cada unx de lxs espectadorxs porque, para lxs protagonistxs, en definitiva, nada de eso parece importar. Al final, todos sus padecimientos son recompensados por ese reconocimiento del “ser virtuoso”, por esa emoción de sentirse elegidxs para ser parte de un grupo de unxs pocxs. Como escape a los males físicos, al temor de lo que no se puede controlar, de los prejuicios y tabúes, al final de la obra, un baile catártico que genera envidia, donde la pareja se despoja de todas sus dolencias físicas y psicológicas (al menos por los minutos que dura el último tema musical).